
1 de enero
El gato negro de la calle José Ortega y Gasset me llamó a su cueva. No sabía su intención, aunque no había razón por la cual cuestionar a un profesional como él. Su especialidad es la adquisición y manipulación de seres humanos, según explica, pero su sueño siempre fue contar pavos y multiplicar pescados para sus parientes.
Aquella historia se la había relatado a los toros, lobos y sardinas, a quienes compartía su sabiduría, a pesar de tener solo un año de diferencia de edad. Los instruía como un sumo juez dictando sentencia, convencido de que fingían ser algo más que la escoria humana que él sospechaba que eran.
Solo Dios estaba por encima de él, pese a no creer en tal ser divino. Somos polvo de estrella en un planeta alejado de vida extraterrestre, supuestamente.
Presioné el timbre y entré en un pasillo sin luz, desde donde subí al cuarto piso, donde encontré un espacio compuesto por cuatro puertas. La tercera era el piso compartido del gato, quien abrió sorprendido al verme llegar con un pitorro de coco escondido en mi cartera.
Similar al pasillo, su guarida no tenía luz: una bombilla adornaba el entorno, compuesto por una sala, cocina y tres cuartos. En el invierno es una ventaja, ya que se mantiene el calor de las carnitas asadas y tortitas mientras disfruta otro episodio de First Dates en el sofá. Cuando entré, noté que aún tenían la decoración del Año Viejo, la cual parecía más del Cinco de Mayo, con guirnaldas de papel picado de distintos colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul y morado.
Olía a sudor humano, espeso y reciente, incrustado en las paredes junto a un pequeño toque de coñac.
Ante mi presencia, el gato era indiferente, como si fuera un fantasma sentado en su regazo: invisible, de adorno y vigente. Me pregunté si me había equivocado de hora. En el desayuno me pareció muy tierno y no paraba de preocuparse por mí.
De ahí surgió la idea de venir hasta acá, pasar una tarde de charlas a las que poca importancia prestaba. Me confesó que se largaba de su amada ciudad natal, que pronto pasaría de ser gato a convertirse en un dragón feroz.
Me susurró al aire que le tuviera mucho miedo. Yo, con la franqueza desnuda, le tomé del brazo, como si ese gesto pudiera calmar el temblor que no admitía. Revelé que pensaba que íbamos a formalizar nuestra situación, porque los avances venían de su propia voluntad.
Y esa es mi mentira, porque antes de tocarme la mejilla apenas dejó caer que no quería nada serio. Le respondí, como tantas que hemos vivido la misma historia, con todos los pelos en la lengua: «Yo también».
El error que cometí fue quedarme en aquel sofá viejo y repetir dos veces el pecado mortal contra la castidad. Nunca me arrepentí de probar la manzana, hasta que sentí la misma agonía que San Pedro cuando te vi tres veces:
Tocar la madera.
Toca la madera.
Tocó la madera.
La cinta sigue echando para atrás, tu puñito diminuto contra la madera de imitación. Declarando con terror que mi piel es una pura maldición. ¿Acaso piensas que rompiste un sortilegio? Hasta el guardabarranco se hubiera reído de ti, o tal vez de mí; después de tanto que hablamos a sus espaldas, me clavas una daga a mí.
Dos veces realizaste el ritual, creyendo que repetirlo te salvaría de la perdición. Citaste a Gabbard (1989) con un espanto resguardado para actos ilícitos, desprendiéndome de tus brazos, como si mis pies se transformaran en pezuñas ante ti.
Tu cara amarga no me quitó el anhelo de probar tu dulce de leche, el mismo que dejé caer sobre mis labios al escuchar tu ronroneo. Ya, después de un año, y con tu misma edad, aprendí que solo fui una noche de luna llena para olvidar a tu Dulcinea.
En aquel entonces fui yo quien lloró bajo las estrellas.
Un 14 de febrero te volví a escribir. Aún andabas asustado, porque sabes bien el decir: «A cada gato le llega su San Martín». Frente a la Plaça de Orwell te recibí, y lo que se suponía que fuera un «Enhorabuena» por tu cambio radical, terminó convirtiéndose en una desazón vergonzosa.
En un cubito de agua apareciste ante mis pies, y dentro estaba tu dragoncito de sal y agua mediterránea, pequeño, asustado y lejos de casa. Sin mencionar aquellos labios cuarteados, claramente vencidos por Sant Jordi.
Pensé que te veía llorar, pero el agua bendita te consumió en llamas y, esta vez, sin arrepentimiento, yo toqué madera para ver si el destino te daba suerte a ti.
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