Part I

Un día tras otro, aún no arrepentida. Sigo cargando el peso de mi valija. La misma que utilizó mi madre en su primer viaje a París, ahora me pertenece a mí mientras vivo en Madrid.
Era la más grande que había en nuestro apa, donde podía meter mi ropa de verano eterno, la cual no me serviría al llegar en pleno otoño a esta ciudad llena de esperanza. El primer día me congelé las manos y busqué refugio en lo conocido: un Big Mac con papitas fritas y Coca-Cola Zero fue mi almuerzo.
Aunque andaba en compañía de mi madre y mi mejor amiga de infancia, sentía que el pecho no dejaba de apretarme. Me enfrentaba a una segunda maestría en un país extranjero, cuya cultura compartida era casi el idioma, que aun con todo y eso parecía hablar mandarín para ellos.
Mis compañeros de clase utilizaban frases que no entendía, y en ocasiones me tildaban de gringa al mezclar el español e inglés, con acentos que para ellos provenían de un extraterrestre. Hasta mis profesores no me comprendían, al punto de que prefería quedar muda antes que enfrentarme a otro “repite”, “habla más despacio” y “en español”.
Lo peor vino cuando me tocó buscar una práctica, y conocí a un latin boss que le encantaba aprovecharse de su gente. Al principio parecía una persona muy modesta y de buen carácter, pero se tornó más oscuro cuando no lo obedecían. Y aunque traté de arreglar las cosas con él, estoy segura que su soberbia lo llevará a la ruina.
Lo mejor que he tenido aquí a mi lado es el regalo que me mandó mi padre desde el cielo en su cumpleaños. Como una flor, picó esa guapa abeja en lo más profundo de mi corazón.
Era un cordobés, cuyo nombre proviene del patrono de su provincia. Él es mi fuente de alegría; riega mis flores con lágrimas dulces al quitarme esa sal que me estorba, conocida por muchos bajo el nombre de Oficina de Extranjería.
Los seres humanos vivimos todos los días con una fecha de expiración, y no había nadie más grande para recordarte tu invalidez que un funcionario con la ventanilla en Netflix mientras su inbox se llena de solicitudes de personas desesperadas por trabajar.
Hasta ellos me dicen que estoy sobrecualificada. Pensé que mis días de ser interina habían acabado en 2019; criticaba a aquellos que, a sus 27, no tenían un trabajo estable. Sin embargo, esa fue mi realidad: cinco años de experiencia escribiendo cartas al Congreso de EE. UU. en representación de figuras públicas, para volver a ser quien recibe los tasks que los demás no quieren.
Aun así, estoy agradecida, porque a pesar de que hubo instancias en las que creía que volvería a empacar la valija, sigo con un peso en mis brazos, feliz de la vida.
No soy responsable de buscar café como temía. Al contrario, soy la encargada de diversos proyectos de impacto, no solo para este país, sino hasta para Japón(«Mi gente tamo en Japón.»).
No sé qué sería de mí si no hubiera agarrado un día esa valija. Pero, a pesar de las mañanas de reuniones con abogados, las tardes desconsoladas por silencios administrativos y las noches desveladas por terminar un trabajo, aún sigo aquí, y no me pienso ir.
En España esta mi vida. Mi arcángel cordobés es el amor de mi vida. Pase lo que pase, sé que incluso Extranjería, al leer la parte dos de esta carta, me aceptaría.
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