Estimado gato

By

¿Es tan complicado escribir una carta de despedida? Tuve que tragarme el orgullo una vez más y exigir las respuestas que merecía.

Las expectativas de una historia de novela nacieron aquella noche en Goya, desde el momento en que mi móvil se murió entre mis manos. Respiración boca a boca de desconocidos uniformados, pero la línea se cortó sin previo aviso ni explicaciones.

Debí dejarlo morir, pero aún sigo creyendo en cuentos de hadas. Un príncipe azul que me despidió en la madrugada. Solo amigos, sin privilegios más allá de tu mirada.

Paquita la del Barrio estaría avergonzada al verme arrastrarme por un hombre que gemía entre besos de mordidas y caricias desordenadas. Como un gato suelto, insatisfecho con la dueña que lo alimentaba.

Paga, paga, paga, y aun así te ofrecí mi mitad. Lo tuviste que pensar dos veces antes de devolverme la plata a la bolsa con los tejidos desgastados y las costuras entrelazadas.

Qué gesto tan cariñoso el tuyo al pelar la gamba, mientras mi desconocimiento se extraviaba en aquel restaurante de guerreros, como una jíbara perdida entre los campos de La Habana. ¿Acaso no fuiste tú quien me ofreció alimentarme a cucharadas cuando mi esencia estaba helada?

Gato malo, malo, malo… Tus pecas y ojos de miel fueron una mentira piadosa. Y aun así, te guardo cariño, aunque me dejaste esperando frente al Prado, contemplando las Pinturas Negras, espejo fiel del estado de mi alma.

No tengo rencor ni garras. Solo fui una rata enjaulada en un experimento condenado al fracaso. Nuestros químicos derramados por Serrano, eres tú el científico sin formación, que provocó mi cabello caer después de compararlo con Cristobal Colón.

Toqué la campana por besos que no querías dar. Habría sido mejor que me dejaras en casa, en lugar de jugar conmigo como una muñeca de trapo. Gato malo, me arañas y me deshilachas con tus besos falsos.

Por más que te haces de la casa, eres un callejero. Y como no soy tu dueña, he decidido dejarte ir. Con esta carta de despedida, dejo tu collar en la ventana, el único lazo de unión que quedaba.

Claramente, preferí mezclar el carbono antes que darte el oxígeno que tanto necesitabas.

Qué gato más sensible fuiste, cuando pediste perdón al responder mi humillación. Qué gato más bobo, cuando te crucé en la calle y esquivaste mi mirada como si no me hubieras conocido.

Qué gato más triste serás cuando descubras que la química seguirá ardiendo en ti al verme maquillada, con tacones que rozarán tu cola, mientras brilla mi esmeralda en el piso de La Vía Láctea.

Posted In ,

Deja un comentario