Una carta para el inalcanzable

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Estimado inalcanzable,

Es un misterio precisar el momento en que mi corazón comenzó a saltar cuando te escuché recitar mi nombre entre tus labios. Tampoco recuerdo cuándo los días eternos se volvieron muy cortos solo por no poder compartir más tiempo junto a ti. Tal vez fue en noviembre, o quizás un poco después, cuando en mis sueños apareciste como la respuesta que anhelaba mi alma atar su hilo rojo a tu meñique.

No debería despertar cada mañana rezándole a Dios para verte y compartir un ratito en silencio por no saber que más decirte para despertar tu interés en mí. Si admitiera la verdad ante el espejo, dejaría de alimentarme de la ilusión que maquino por las noches imaginándome un futuro que de seguro no deseas instituir.

No debería ser tan obvia al reírme a carcajadas cuando lanzas uno de tus comentarios insólitos en el imperial. Tampoco debería prestar atención a las Dianas que se te acercan. Aunque parecerían celos, no es lo que siento, porque escoger a una de ellas es tu decisión, lo que siento dentro de mí es pura confusión. De tantas muchachas lindas que andan detrás de ti, por alguna extraña razón me dedicas tiempo a mí.

¿Qué secretos ocultarán tus ojos negros? Se esconden muy rápido cuando las estrellas en los míos iluminan su luna nueva. ¿Seré yo solo una fase en tu vida? Nuestro horóscopo me decía, «parecen ser incompatibles, pero su apoyo mutuo es invencible.»

Ojalá pudiera descifrarte, pero eres igual de difícil de leer que la Biblia. Páginas abiertas a la interpretación de cualquier teólogo, que basa sus datos en las historias que has contado con tus dos bebidas fermentadas en mano. Lengua que te traiciona en ciertos detalles imprevistos, que si no eres rápido en captar el mensaje entre líneas, pierdes las esperanzas. Similar a leer el Libro de Ezequiel por primera vez sin referirte a las notas de pie.

Si a la Fama se le ocurriera divulgar nuestra historia, exaltaría que somos la reencarnación de Aidas y Kore, quienes a pesar de encontrarse en las tinieblas, descartaron sus roles y responsabilidades por sembrar la granada que luego consumirían. El sello de su fidelidad y abundancia en caridad entre el uno y al otro, lo opuesto de la manzana marchitada que solía escoger del príncipe de acero.

¿Qué poesía agustiniana escribes recogido en tu esquina? Disimulando que entre tu y yo no existe un verso que cantar. Te traicioné dos veces por la inmadurez de mis veintes, pero ahora que soy más sabía y agradecida con una mejor autoestima reconozco que fui injusta al plenamente decirte, «no eres mi tipo» cuando lo eras, eres y serás.

Te haré como quiera el favor de ignorar tus comentarios desapercibidos y la atención del detalle que llevas cuando me preguntas de los planes que conllevé en el finde. Permaneceré ajena a tu resplandeciente belleza de reconocer mis peculiaridades, y ofrecer una mano cuando mis pensamientos se nublan por carencia de confianza en mí.

Te creerás ser la luna, pero eres mi sol. Mi eterno esplendor de puro afecto consolidado en un ser humano que no puede ver lo grandioso que es. El inalcanzable que nadie puede leer. Y yo, tu luna, entusiasmada por comprender cada aspecto de tu ser. Me tomaré el riesgo de quemarme, si es contigo quien Dios quiere que ande.

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