La princesa de San Gabriel | Parte I

By

Dos décadas y seis años la princesa caminó con miedo de cometer un error. Manchar la imagen que pintó con óleos en algodón fresco sobre madera de olivo. Promesa que no entendió cuando a los ochos años la pusieron bajo los pies de la Virgen pidiendo perdón.

El anillo de plata le pesó cuando a los veinte comprendió, “He aquí la esclava del Señor.”. Cuando por curiosidad a sus veintidós le creyó al bufón de la corte, con quien ella pensaba que tendría una vida feliz en el campo de la Villa de Ganas, él la engaño. Forzada a los establos agarrada por los brazos, el bufón aprovechó cuando en el palacio de Cáceres los plutócratas bebían hasta perder su visión. Ella nunca la perdió y lloró por tres noches corridas sin comprender por qué aquella noche sucedió.

Vivió aterrada de las fiestas donde él se encontraba, escribió a los anfitriones perdón por irse temprano o no llegar a sus cenas. El laúd, flautas y cuatros eran la melodía de sus pesadillas en cuartos bañados en plata escondiendo detrás el cobre a punto de oxidar por las lagrimas que ella derramó una y otra vez más.

Su única salvación fue la gripe que consumió a su pueblo, la misma que había esparcido por cada rincón del continente desde países lejanos. No había más fiestas por el riesgo de contagiarse, solos en sus petites mansiones pasando las horas pegados a los panfletos de baratijas con el té ardiendo en sus manos. Ellos andaban desesperados por salir de sus cuevas, mientras ella gozaba de la soledad entre libros llenos de romance y aventuras, curando a la niña de su infancia que había dejado de creer en príncipes amarillos y dragones nobles. Príncipes que la tratarían con cariño, y dragones que un día la ayudarían a llegar a su destino.

La princesa no era ingenua porque sabía que los príncipes mentían también, por eso se protegía con su manto de lana mientras caminaba por el pueblo que una vez amo. No dejaba de creer en el amor, pero tampoco daba la oportunidad de cosechar por miedo de volver a aquella noche. Todos los rechazaba, igual rechazaba su vida, escribiendo cuentos de hadas que solo pocas comprendían.

Aún así, mantuvo su valentía y cuando llegó la carta de su mejor amiga invitándola el reino de Magerit, la valija empacó y se apuntó en el próximo dragón. Los ojos de sus padres se llenaron de terror cuando ella confesó que se iría a visitar tierras lejanas de su Isla desencantada. Estaba curiosa por conocer el origen de la historia y explorar las maravillas que narraban sus libros, un viaje más allá de la invitación a Magerit. Después de pasar día y noche escribiendo cartas diplomáticas para conseguirle más plata a su pueblo que sufría en manos del Rey de los Estados, puesto cuya pasión ella no sentía, consiguió el permiso de la Corte para escaparse.

No era su primera vez viajando a un país lejano, pero sí era su primera vez viajando sin sus allegados. Por su protección y la de los demás, llamaron a la Corte de Andalus para que enviarán al caballero más valiente de su reino. El rumor murmurado entre los nobles decía que andar con ella era una pesadilla. Desde hace tres años atrás su ser se convirtió en un espíritu condenado, arrastrando sus pies casi encadenados por los pasillos de su castillo en San Gabriel.

Sin embargo, en este nuevo lugar nadie la conocía, haciéndola respirar hondo de la alegría. Durante su trayecto caminó por varias villas y ciudades llenas de paisajes asombros. Se volvió a conectar con Dios, y su promesa confirmó. Todo andaba en paz hasta llegar al reino de Andalus, en donde se presentó el caballero de Valentía, vestido en su armadura de hierro decorada con flores doradas. La princesa volvió a respirar hondo al acercarse a él, se fijó en sus de ojitos de caramelos y sonrisa de miel. Cualquiera pensaría que con él no se podría hablar, y les sorprendió a todos cuando comenzó a coquetear.

Un caballero servicial, daba su mano a las mujeres para ayudarlas a subir al carruaje, y les decía cuán linda se veían. Cuando la princesa le entregó su valija, aceptó su mano con timidez. Casi no entendió lo que él le dijo al entrar al carruaje. Las acompañantes de la princesa no paraban de hablar sobre cuán enamoradas estaban de él, y se compartían entre sí sus elogios de cortesía.

Callada en una esquina, la princesa andaba distraía repitiendo las palabras del caballero atrevido. No fue a la única quién se lo dijo, aún así se sintió especial. Desde la ventana lo observó y aclamó: «Hágase en mí según tu palabra.»

Posted In ,

Deja un comentario