
Querido ojitos de café,
Me dicen que andas con la autoestima baja porque a donde quiera que vayas azulitos y verdes brillan en el escenario con sus miles de fans queriendo ser igual que ellos.
Gritan y saltan por tener su atención, se añaden hasta plásticos para imitar a lo que ellos consideran belleza superior.
Que pena que no te des cuenta de la naturaleza infinita rodeando a tus iris. Proveniente de tus padres, quienes te regalaron el reflejo de tus antepasados pintados con los primarios mezclados entre sí.
Escondido dentro de las alas de la mariposa morpho y dibujado entre las escamas de la boa. Coloreado en las montañas del Gran Cañon y difundido por toda la tierra que caminamos descalzos.
Desde la arena en la playa donde disfrutamos cada verano hasta las hojas secas que cubren el suelo cada otoño para recoger. Una vez al año los arboles se tornan de tu color arropando los bosques de diferentes tonalidades e invitando a todos quienes residen en ellos prepararse para el invierno.
Inspiras a miles de artistas a cantar poemas sobre ti. Comparándote en sus versos con el shot de energía en la mañana o el gustito que se dan escondidos cuando están bajo estrés.
Si no les gusta el café les gusta el chocolate, si no les gusta chocolate les gusta el café, sino les gusta ninguno de los dos tienen la canela, almendras, viandas, coco, entre otras delicias con que compararte.
En algunos atardeceres aparece tu luz en el mar con destellos de oro entre las olas. En aquellos últimos minutos del día brillas junto a un sol durmiente y una luna acabada de despertar.
En las cuevas oscuras resplandece tu diamante sobre los zafiros y esmeraldas. Aunque los mineros reiteren que existen más como tu, te escogería a ti sobre todas las piedras preciosas.
Eres la esperanza, la seguridad y el hogar que al fin encontré. Y del color de tus ojos nunca me cansaré.
[Imagen por Artyom Korshunov en Unsplash]
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